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Carta abierta a un representante público

Esta es la carta que un ciudadano de a pie dirigiría a cualquiera de sus representantes, en cualquiera que fuera el organismo donde ejerza su actividad, tanto a nivel local, regional, nacional en incluso internacional, a nivel administrativo o profesional. Es una voz que llama al orden, a la moderación y a quienes con su papeleta y su voto eligió para que fuera su portavoz, su representante e incluso su albacea.
 Mohamed Lemrini El Ouahhabi
 Estimado representante:
Ante todo,  usted no sabe quién soy yo, ya que nunca he tenido  la suerte de conversar con usted e intercambiar ideas; aunque sí, realmente hemos coincidido hace casi un año en un acto público donde usted, recuerdo que  me estrechó la mano, incluso me sonrió, pero también recuerdo que no me miró a los ojos y ese hecho sé muy bien que es importante y deja mella. No hemos coincidido ni hablado, pero yo tenía buenas impresiones sobre lo que usted podía hacer, por lo que usted hablaba y decía en los medios y actos públicos, y por eso le he votado.
Pues mire, resulta que usted nos ha defraudado, engañado y dejados tirados en la cuneta, sin apoyo ni ayuda. Nos ha ignorado, pasado de nosotros y nos ha relegado al olvido, cosa que nos resulta inconcebible.
 En usted habíamos depositado muchas esperanzas porque su personalidad nos daba confianza. Le habíamos seleccionado de entre decenas o cientos de personas para que nos represente, nos apoye y nos ayude en esta hora tan cruel y virulenta que nos ha tocado vivir. Pero usted, en vez de ser un bálsamo para nuestros dolores, lo que ha hecho es hurgar de mala manera y con violencia en nuestras heridas, revolviendo nuestras entrañas y creando mala sangre.
 Sí, resulta que usted es como todos los de su estirpe. Ha buscado su pingüe beneficio e interés sin tener en cuenta la conveniencia y el beneficio colectivo, el de todos nosotros que hemos confiado en usted.
 Oiga,… ustedes como representantes de alguien, tienen que pensar en el bien común. En ser justos, equitativos y no aprovecharse de las circunstancias, colocar a sus maridos, hermanos e hijos, y no miro a nadie porque ustedes ya sé me entienden, en puestos y cargos honoríficos donde se cobran sustanciosos cientos de miles de euros y no se trabaja nada.
No sean ustedes sinvergüenzas, no gasten lo que no es «suyo» sino «nuestro».
 Ahora resulta que nuestra justicia, después de demostrar que recibir trajes en concepto de soborno no es delito, se encamina a justificarnos lo injustificable, poniendo en la calle a cientos de ladrones, granujas, pillos y pícaros, amigos o familiares de personalidades importantes e incluso ex ministros reyes. No señor, aquí el que la hace la tiene que pagar sea de donde sea y pertenezca al grupo que sea.
 Y hablando de transparencias, lo que al ciudadano le hace falta es transparencia en lo que paga en las facturas de la luz, gas o el agua. Transparencia a la hora de llenar el depósito de su coche a la hora de pagar impuestos. Transparencia en las subvenciones que se realizan, a quien se conceden y con qué cuantía, y que esas subvenciones no se regalen a hermanos, primos, hijos, otros familiares y amigos. Lo que el ciudadano quiere es que no le privaticen bienes que ha conseguido tras grandes esfuerzo desde tiempos inmemorables, que no le borren de un plumazo derechos ya consagrados y, en definitiva, que no le tomen el pelo con tanta ligereza.